martes, 8 de noviembre de 2011

Found You

• Entrada: # O71
• Playlist: I Gotta Find You - Joe Jonas

•About

Muy bien, llevo como dos actualizaciones, y sorprendentemente, no están tan separadas en el tiempo. Me encantaría decirles que en relidad no sé que me está pasando, pero sería mentirles. Últimamente he estado viviendo una serie de golpes emocionales que me han traido por consecuencia impulsos incontrolables de escribir. ¿Lo bueno? Puedo mantener esta cosa viva. ¿Lo malo? Es terrible, pero sólo puedo empezar una historia, dejarla a la mitad, y empezar otra. Maldad pura.

Les voy a confezar, que no tenía planeado escribir nada bonito, de hecho, esta es la adaptación en español de un cuento que nos hicieron escribir en Inglés. Obviamente, este está más largo, y con más detalles, puesto que tenía límite de palabras mi tarea.

Lo posteo como una forma de intentar subirme el ánimo.


~ Found You

El País de Nunca Jamás ya no era el mismo, al igual que Peter Pan. Desde aquel fatídico día en que el joven y su tropa de Niños Perdidos derrotaron al temido Capitán Garfio en la más violenta batalla jamás librada, la Isla se convirtió en un trozo de Tierra sin alma. Y es que el pobre Peter no tenía ya nada que hacer, estaba aburrido, desolado. Había intentado de todo: Lanzar rocas, buscar tesoros junto a los Niños Perdidos, jugarle bromas a los indios… Sin embargo nada lograba llenar el vacío que el Capitán y su tripulación habían dejado, y para empeorarlo todo, había oído decir a las Sirenas que el viejo había perdido un pie, por lo que quizás no sería capaz de volver a pelear.

Fue uno de esos días en los que el sol no se dignaba a salir, y los niños perdidos roncaban sonoramente en la humilde caverna en la que se alojaban, que a Peter se le ocurrió la loca idea de seguir por el bosque a un conejito blanco –Había oído decir a la hija del jefe de la tribu del norte que la cola de uno de esos te tría buena suerte-.

Tan empeñado estaba en intentar capturar al animal, que no se dio cuenta del agujero que había en el piso sino hasta que se sintió caer. Entonces cerró sus ojos con fuerza, se mordió el labio inferior, y esperó asotarse de la forma menos dolorosa posible contra el suelo. Mas lo único que sintió al llegar al fondo, fue su cuerpo siendo rodeado por cálida agua.

- ¿Qué demonios?- Dijo al salir para poder respirar, y para su sorpresa, se encontró flotando en un hermoso mananteal, rodeado por paredes cubiertas de enredaderas y flores de colores- ¿Dónde estoy?

Salió del agua con cuidado, jamás había visto un lugar semejante.

-Estás en mi hogar.- Dijo una dulce voz tras él.

Despojado de todo su orgullo de varón, Peter se dejó caer de espaldas al piso, no sin antes dejar salir un agudo chillido. Y es que, frente a él, flotaba una pequeñísima mujercita, rubia, de ojos azules y hadas de un color indescripctible, transparente, que convinaba a la perfección con su ceñido vestido verde.

-¿Qu—quién eres tú?- Fue todo lo que logró articular (Aunque realmente lo que deseaba preguntar era “¿Qué demonios eres?”)
- Mi nombre es Campanita, y desde hoy, seré tu hada.- Le sonrió, y el chico pudo jurar que todo el lugar súbitamente se iluminó.- Desde hoy, tienes 5 deseos.
- ¿Hada? ¿Deseos?- Parpadeó un par de veces e intentó procesar todo lo que acaba de escuchar.- ¿Me estás diciendo que yo soy tu dueño?
- Exacto. Cuando un hada es encontrada por un humano, este se vuelve instantáneamente su amo.- Explicó- ¿Cómo te llamas, amo?
- Peter. Peter Pan- Dijo levantándose, sin quitar los ojos de encima a la bella criatura.- Y dime Campanita, ¿cómo es eso de que tengo cinco deseos, no son tres?-
- No seas tonto, no soy un Genio, soy un hada.- Le dijo como si aquello fuese la cosa más obvia del mundo- De hecho, nuestra magia es menos poderosa que la da ellos, por lo que en realidad tenemos muchas restricciones al momento de conceder los deseos.
- Hmmm, ya veo- Dijo Peter- ¿Puedes hacerme volar?
- Verás, no puedo darte alas.- Comenzó, y no pudo evitar sentirse mal al ver la clara expresión de decepsión en la cara del joven- Pero si puedo darte de mi polvo de hadas. Con eso, y con buenos pensamientos, vas a poder volar.

Fue así como la incondicional amistad entre Peter Pan y su hada Campanita comenzó. No era nada fuera de lo común verles pasar volando sin rumbo, o molestando a las sirenas, o jugando a cazar tesoros con los niños perdidos. La llegada del hada a la vida del joven fue le mejor medicina para curar su creciente depresión- y no sólo por el hecho de haber recuperado a Garfio, quien ahora se movía de un lado a otro en su embarcación haciendo sonar su pata de palo, tras pedir su segundo deseo: “Quiero que el Capitán Garfio vuelva a navegar mis mares”- Era linda, graciosa, y siempre lo escuchaba. A su lado, ya no le importaba ser eternamente joven, es más, no le daban ganas de crecer jamás.

Fue tras hacer su tercer deseo; Abrir el portal hacia otras dimensiones (La segunda estrella a la derecha, y al frente, vista desde la copa de la árbol más alto de Nunca Jamás) que Peter preguntó.

- Dime, Campanita ¿qué le sucede a las hadas cuando conceden los cinco deseos? ¿Se van a buscar otro amo o algo así?
- No, nada de eso- Le dijo sentándose en el hombro del chico- Cuando un hada cumple todos los deseos de su amo, muere.-
- ¿Muere?
- Sí.- Respondió como si se tratase de ago sin importancia.- A menos que el amo del hada desee liberarla. De esa forma, el hada se vuelve humana y pierde todos sus poderes mágicos.
- ¡Yo no quiero perderte!- Soltó de golpe Peter- Esto es una promesa: Mi último deseo va a ser tu libertad, y tendrás que quedarte a vivir conmigo y los niños perdidos para siempre.

Con una sonrisa cerraron el pacto. Y, a pesar de que todos pensaban que no podía ser posible, los lazos de amistad entre ambos se fortalecieron.

Fue durante esa época, cuando Campanita comenzó poco a poco a sentir mariposas en el estómago, fuego en sus mejillas, y un indescriptible malestar general cada vez que Peter se acercaba demasiado a la hija del Jefe de Tribu de Indios – o a las sirenas en su defecto.- que el joven pidió su cuarto deseo.

-Campanita, quiero conocer al amor de mi vida.-

Nunca entendió porqué, quizá porque ya había experimentado un sentenar de nuevas sensaciones en compañía de su hada, exepto el amor. Y ¿cómo hacerlo? Si las únicas mujeres en la Isla eran unas pocas Indias y las sirenas, que a pesar de ser muy bellas, no eran más que brujas come hombres. Ya nada lo llenaba. Así fue entonces, que la pequeña rubiecita, con el dolor de su alma, lo roció con su polvo de hadas.

-Tú deseo ha sido cumplido.-

Casi un mes después, y tras un sin número de desencuentros entre los antes inseparables amigos (“Tu magia es una farza” ; “No has cumplido mi cuarto deseo”) sucedió. Peter conoció a Wendy de pura casualidad, por arte de magia. Fue debido a algo tan sencillo como seguir al capitán Garfio en su viaje a la segunda estrella para jugarle una broma pesada. Recordaba claramente haberse escondido tras un cañón de chimenea, cuando escuchó una melodiosa voz salir de una de las habitaciones de la casa. También recordaba haber tenido que amordazar a Campanita, porque no lo dejaba seguir el hilo de las asombrosas historias que la chica contaba. Y también recordaba, muy a su pesar, que su encuentro fue todo por causa de su traviesa sombra, que no encontró nada mejor que escaparse e irse a meter a la casa de la joven inglesa.

- Ven conmigo, Wendy-
-¿A dónde?
- Al País de Nunca Jamás.

Desde ese día en adelante, la vida de Peter se pintó de rosa. Wendy era perfecta, todo lo que siempre quizo –a pesar de que le costó bastante convencerla de que lo acompañase (incluso tuvo que traer consigo a sus hermanos pequeños). Era bella, era inteligente, y era amable. Le encantaba verla sonreir, le encantaba verla charlar animádamente con las sirenas, le encantaba verla ayudar a los Indios, y le encantaba verla mientras le contaba cuentos a los niños perdidos. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que nuevamente, su vida estaba completa.

Campanita, por otro lado, no podía sentirse más abandonada.

- Peter, debo irme a Londres.-

Wendy lo sorprendió con aquella frase, un día como cualquier otro. Las sirenas llegaron con el rumor de que el padre de la muchacha estaba enfermo en casa. Y como la niña era un alma pura y de buen corazón, no dudó en dejar todo atrás e intentar volver, como fuese. Peter, por supuesto, se comprometió a acompañarla – haciendo pasar a su pobre hada por un infierno, al dejarla casi sin polvo de hadas por entregarle todo lo que pudo a los tres hermanos para que pudiesen volar-

La noticia al llegar fue devastadora para la joven inglesa: Su padre tenía Cáncer. Y no era justo. Primero la guerra por poco y se lo arrebata, y ahora estaba condenado a morir.

- ¿Tú puedes curarlo, no es así Campanita?- Le preguntó Peter.
- Podría intentarlo- Le respondió ella un tanto incómoda. Estaban encerrados en el cuarto de baño hacía unos minutos, mientras la familia se reunía en la habitación del enfermo.

- Yo sé que puedes. Ese es mi quinto deseo-

- P—Pero Peter…Si haces eso ¿qué pasará con nuestra promesa?- Soltó, su voz quebrándose.

- ¿Por qué estás siendo tan egoísta Campanita?- La regañó, asustándola, él jamás le habpia gritado de esa forma. – Hay una persona muriendo en estos momentos, y tú sólo puedes pensar en tu maldita libertad.

El hada miró hacia abajo, y evitando soltar una sola lágrima, le miró a los ojos.

- Tu quinto deseo a sido cumplido.-

Y así fue, el padre de Wendy mejoró al instante, y la familia completa volvió a sonreir. Todos celebraron esa noche, todos menos Peter. Había estado buscando a su fiel compañera durante un largo rato, para poder agradecerle.

- ¿Qué pasa?- Le preguntó la joven inglesa.
- Campanita ha desaparecido.-

Unos días después, entendió que su amiga no estaba desaparecida, si no que había pasado a mejor vida. ¿Por qué fue tan tonto? ¿Porqué no la escuchó aquella vez? Ese era su último deseo, el deseo que acabaría con su vida, a menos que la liberase. Para colmo de males, Wendy lo dejó –más bien, le confesó que ya tenía novio y que lo amaba demasiado.- Estaba solo, ya no podría volver jamás a su País. No sólo porque le recordaba a Campanita, si no porque necesitaba más polvo de hadas.

Pasó años viviendo en Londres, creció, y recorrió mucho, sin embargo, no podía evitar sentir que no habpia vivido nada. Y se odiaba a si mismo, porque ahora lo entendía. Estaba enamorado de su hada, porque ella si era perfecta: Hermosa, simpática, graciosa, incondicional, y sobre todo, leal. Había dado su vida para hacerle en el gusto, y lo último que escuchó salir de la boca de Peter fue un terrible regaño. Con ese pensamiento rondando su cabeza, cruzó la calle.

Y entonces la vio: Una joven rubia, de piel blanca que vestía un largo abrigo verde, entraba a una Cafetería. La sigió sin pensarlo. Y no fue hasta que se hayó sentado frente a ella, sus ojos azules penetrándolo, que se dio cuenta de lo que hacía.

- ¿Campanita?-
- Te estuve esperando Peter.-

Y entonces lo entendió: Su cuarto deseo porfin se había cumplido.


~The End.

Lo sé, un final feliz. Es bastante raro que sea tan rosa. Más ahora que estoy completamente decidida a olvidar el amor, y los finales felices, porque por desgracia, I THINK THEY ARE BULLSHIT.

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